En el mundo material, lo que cuenta es la apariencia. La riqueza, la belleza y el color de las cosas que llenan los ojos de los que viven en este mundo. Pero el mundo de Dios es diferente, Él no mira las apariencias o las condiciones de cualquier persona, Él ve su interior, la belleza espiritual. La bondad que tiene, la misericordia y la fidelidad. Él mira la fe.

David era una persona que Dios buscó y se encontró con estos requisitos. En su trabajo con las ovejas de su padre, él era fiel, constante y cuidadoso.

Él no se quejaba o se relajaba, él hacía de todo corazón su trabajo. Y mientras las ovejas pastaban en el campo, se tomaba el tiempo para alabar al Creador con su arpa. Veía en todo la majestad de Dios. Así fue que Dios lo escogió, para más tarde ser el rey ungido de Israel, para cuidar de su gente, simplemente por su amor a Él y su compromiso con las ovejas de su padre. Esta obediencia e integridad de corazón, llamó la atención de Dios.

Cuando fue a ungir al rey que Dios había escogido, el profeta Samuel no sabía que sería David. Dios simplemente dijo que ungiría a uno de los hijos de Isaí. El Profeta preguntó entonces para conocer a todos y al a ver Eliab, alto, fuerte y hermoso, pensaba que era el futuro rey.

Pero la respuesta de Dios fue reveladora: “Y el Señor respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón. (1 Samuel 16.7) El profeta quería consagrar al que él veía como robusto y hermoso, pero Dios había escogido a David, a pesar de que era más joven y delgado, sin ni siquiera haber ido al ejército. David fue elegido debido a su buen corazón y su fe en Él.

Tenemos que tener el corazón puro y verdadero, porque es a través de él que somos evaluados y que somos justificados ante Dios. En nuestros corazones están todas nuestras intenciones sean buenas o malas, en relación con los demás y con las cosas. La timidez y el orgullo a menudo nos impiden expresarnos con amor y bondad.

Quizás te impidan de decirle a tus padres que los amas, expresando exactamente lo que realmente sientes. Si cierras el corazón y no hablas lo que sientes, es difícil reconocerlo realmente. Es necesario hablar, transmitir todo lo que está en tu corazón, sin reservas, sin pretensión o falsedad, porque no podemos engañar a Dios, Él lo ve todo. Esto es muy valorado por Dios. Si lo tienes como el Señor de tu vida y sólo quieres agradar a Dios, te conviertes en una nueva criatura.

Y sólo así serás valorado/a y reconocido/a por todos como el hijo/a de Dios. La consecuencia de eso es el placer de tener su compañía y también, al igual que David, que después fue llamado “…de acuerdo con el corazón de Dios “

¡Qué hermoso corazón…!

Ester Bezerra